El Mundo

En la antigüedad, cuando el mundo se fue poblando de seres humanos, las personas iniciaron una larga búsqueda por encontrarse a sí mismas; mientras eso sucedía, la humanidad comenzó a dividirse en territorios e ideologías.

Con el paso del tiempo, cada cultura definió una identidad distinta a la de las demás. Esto permitió el crecimiento, el desarrollo y el enriquecimiento de la sociedad.

En algunos lugares se dieron avances científicos, en otros florecieron expresiones artísticas, diversos lenguajes y hábitos, música particular, construcciones arquitectónicas impresionantes y muchas creencias; al mismo tiempo, empezaron a coexistir diferencias muy grandes por pensamientos contrarios o ambiciosos e ideas que beneficiaban a unos cuantos y, así, comenzaron las invasiones, las guerras, las conquistas, la violencia, la esclavitud y la imposición.

Las marcas de aquellas enseñanzas repercuten en la actualidad; de éstas aprendimos que todos podemos convivir en este mundo con nuestras diferencias, por pequeñas o grandes que sean.

Un niño escuchaba estas palabras mientras jugaba con una esfera de cristal: esta pieza era de buen tamaño; en el centro tenía el planeta Tierra rodeado por agua y brillo; la aventaba de un lado a otro de la mesa sin interrumpir a su padre. El mensaje que escuchaba le parecía algo común.

El papá, al ver cómo se distraía su hijo jugando con la bola de cristal, se acercó a él y, con mucho cariño, le preguntó qué había aprendido de aquellas palabras, a lo que el niño respondió: —El mundo es como esa esfera de cristal que siempre gira agitando los brillos, sin encontrar un equilibro constante.

Se sorprendió de dicha respuesta, pues no podía creer que su hijo comprendiera algo completamente distinto a lo que él quería hacerle entender; después sonrió, tomó la esfera de cristal y la puso frente al niño: los pequeños brillos flotaban en el agua y regresaban a la calma.

El papá le explicó a su hijo que había niños como él, que nacieron en otra parte del mundo, con rasgos distintos a los suyos, que hablaban otro idioma, vestían diferente e, incluso, pensaban de otra manera; sin embargo, tenían un rasgo en común: todos vivían y compartían el mismo planeta.

Mientras el niño miraba a su padre a los ojos, éste puso cuidadosamente la esfera en las manos de su pequeño y le dijo comprensivamente: —Al igual que todos los niños del planeta, tienes en tus manos el futuro. De tus pensamientos y acciones dependerá que el mundo sea un buen lugar para vivir.

Le explicó cuidadosamente cómo el mundo iba a seguir agitando los pequeños brillos de la esfera de cristal y que, cuando creyera que el orden no existía, encontraría el momento para ver cómo los seres humanos, ante las diferencias, eran capaces de entrar en razón, vivir todos juntos y tomar decisiones que podrían mantener el equilibrio del planeta y el de sus vidas.