El Cantarito

En una tarde cálida y hermosa de vacaciones paseaba feliz con mis papás alrededor de un gran parque, lleno de frondosos árboles y variedad de flores, donde algunos vendedores ambulantes ofrecían sus productos a toda la gente que pasaba comiendo helado o paseando a sus perros.

Mientras mis papás compraban algunas artesanías, esperé en una banca bajo la sombra de un árbol. Miraba a los transeúntes. Nada llamaba mi atención hasta que vi pasar una niña, de la misma edad que yo aproximadamente, quien vestía una prenda color rojo, llena de bordados tradicionales; un mandil azul, y traía puestos unos huaraches que apenas cubrían sus pies de las inclemencias.

La emoción con la que caminaba aligeraba el peso de los collares de semillas que llevaba colgados de sus hombros y, sobre todo, el de las piezas de cerámica que cargaba: dos cántaros pintados a mano con muchos detalles folclóricos.

Las artesanías son muy bonitas. Al pensar en la dedicación que le dieron los artesanos, hace que quienes adquieren piezas como ésas las admiren más. Debo reconocer que, hasta ese momento no las apreciaba; ahora me da tristeza pensar que muchas personas las regatean restándoles no sólo su valor, sino también su significado; le dan poca importancia al trabajo y al esfuerzo de los artesanos.

Me pregunté si tenía que pasar tan triste y lamentable suceso para que valorara más las artesanías, pues si hubiera podido evitar lo que pasó, lo habría hecho.

En un segundo, la niña, quien ofrecía sus cántaros con gran júbilo a unos turistas se tropezó: un sonido aturdió a los pájaros; ella estaba en el suelo; uno de los cántaros se hizo pedazos, el otro sólo tenía un
rasguño ―¡qué momento tan triste!―. Los turistas se habían ido, y mis padres no estaban cerca. Me levanté a ayudarle y le pregunté si se había lastimado; la niña, muy apenada, me dijo que no, mientras veía las piezas tiradas del cántaro roto.

¿Qué más podía hacer?, no encontré modo alguno de ayudarle, además de recoger los pedazos de aquel hermoso cántaro roto que, por más arreglos que le hicieran, nunca podría llevar agua. Lo lamentable era el otro cántaro, el cual tenía una pequeña despostilladura en su cubierta que, a los ojos de cualquiera, resultaba una gran imperfección que no podía corregirse. Los accidentes suceden; la niña no tenía la culpa, yo tampoco. Sin embargo, lo más triste era ver cómo la gente pasaba indiferente o, quizá, hasta con burla.

La niña se habría ido si mis padres, quienes vieron todo a la distancia, no se hubieran acercado. Miré a mamá con los ojos vidriosos, y un nudo en la garganta no me permitió hablar, pero de algún modo supe que ellos entenderían.

Le dije a mamá que quería comprar los cántaros; ella se sorprendió, pues, sin duda, yo nunca hubiera gastado mi domingo en alguna artesanía, y menos si no tenía algún uso.

Mi padre sonrió, trató de pagar los cántaros y sacó el dinero de la bolsa; la niña no quiso aceptarlo, dijo que estaban rotos y ya no poseían ningún valor. Mi madre le preguntó si iba a vender todos los días en aquel parque, la niña afirmó con la cabeza; aseguró que pagaríamos el cántaro abollado, pues su daño no había sido tan grave como para que unas hermosas flores no lucieran en tan genuina pieza y que, si nos regalaba los pedazos del cántaro roto, les daríamos un uso. La niña, más apenada que sorprendida, accedió.

―¡Qué extraña decisión la de mi madre!―, no encontré ningún uso en aquellas piezas rotas, aunque quería ayudar a la niña. El resto del día lo dediqué a realizar una actividad poco común en la que me divertí mucho y comprendí el valor no sólo de las artesanías, sino de las decisiones que marcan la diferencia.

Al día siguiente, regresamos al parque a la misma hora que la vez anterior; encontramos a la niña vendiendo sus artesanías en un pequeño espacio. Le sonreí; llevaba en mis manos una pieza especial: los fragmentos del cántaro roto, pegados con yeso, que formaban el dibujo de uno aún más grande.

Es verdad que aquel cántaro ya no llevará agua, pero mis papás me enseñaron algo en esa ocasión que esa imagen siempre me recordará; así, desde el fondo de mi corazón, le di las gracias a aquella niña, quien me sonrió agradecida.