La Calavera

El espíritu habla por la cultura de los mexicanos. En sus manifestaciones artísticas descubriremos sus sentimientos. Todos los seres humanos recordamos a las personas que ya no están con nosotros. En México, los vivos colores, los aromas, la música y la risa son la forma mediante la cual expresamos el miedo a, quizá, perder a los que más amamos, y el valor, al inmortalizar a la muerte con una sonrisa.

Todas las mañanas la niña despertaba pensando cómo podría cambiar el mundo; sentía tanta la pasión por la vida, que sus padres creyeron que destacaría no sólo en su educación, sino en las artes.

Era una familia de escasos recursos, íntegra y humilde. Desde pequeña, la niña veía cómo sus padres se esforzaban para salir adelante trabajando arduamente todo el año, pues a veces había temporadas buenas, y otras, malas.

Por un tiempo, los padres pensaron que no tenían algo que ofrecerle a su hija para que sobresaliera y destacara; no lo sabían, pero le habían dado todo lo que ella necesitaba. Tenían uno de los oficios más antiguos: ser la mano creadora de muchos trabajos. El padre tallaba piezas en madera para llaveros; la madre tejía y bordaba simples telas, las cuales terminaban llenas de vida.

En primavera, sus padres se esmeraban para vender figuras de papel maché y dulces típicos; en otoño, además de eso, vendían las místicas calaveritas de azúcar, chocolate y amaranto.

La pequeña iba con sus padres a vender estas creaciones; mientras crecía, veía los diversos sentimientos que acompañaban a quienes les compraban. El Día de Muertos era una de las tradiciones que más le gustaba; la razón, muy simple, el encanto de los recuerdos.

Algunas personas le compraban calaveras de chocolate, azúcar y amaranto para regalar u obsequiar en intercambios de amistad; otras, para comérselas o colocarlas en las tradicionales ofrendas.

Años después, la niña sufrió la pérdida de uno de sus seres queridos, que tanto le había enseñado; quería recordar esa fecha con algo típico de México que también fuera significativo para ella.

La niña recordó que tenía un collar de piedras de colores muy bonito que le había regalado esa persona tan especial para ella, el cual desbarató cuidadosamente. Usó su creatividad: tomó un poco de barro y modeló con sus manos una calavera, que tapizó con esmero con las alegres cuentas de colores.

Cada piedrita que colocaba le traía hermosos recuerdos de lo vivido con esa persona. Su dedicación y creatividad aportaban algo más a la cultura mexicana. El resultado de su trabajo le sacaba sonrisas que eran un lazo entre ella y aquella persona especial que se había ido.

La creación estaba terminada: era una hermosa calavera, adornada con piedritas brillantes, que representaba el llanto, la muerte, el tiempo y el miedo, pero sobre todo, la risa y la felicidad que prevalecerían mientras expresara sus sentimientos.