El Arpa

Cuando alguien grita, es porque se siente muy alejado de las personas. En ocasiones, parece tan larga la distancia en la que dejamos de hablar, convirtiendo las palabras en silencio.

Sus padres discutían a menudo; no tenían mucho tiempo para él, siempre estaban muy ocupados. En sus ratos libres, al ver lo desorganizado y descuidado que era su hijo, lo reprendían duramente, le alzaban la voz y lo castigaban.

El pequeño guardaba silencio, pues temía que sus hábitos provocaran discusiones más fuertes; muy pocas veces se acercaba para decirles las actividades que realizaba en la escuela o cómo se sentía y, cuando lo hacía, las respuestas más comunes eran “espérame”, “luego me dices” y “haz tu tarea”, por ello, él no se expresaba abiertamente.

Comenzó a guardar todos sus sentimientos en su interior. Sus logros, así como la tristeza que sentía al escuchar a sus papás gritar enojados pasaban desapercibidos en la escuela.

Su refugio era visitar a sus abuelos, quienes tenían un pequeño jardín, donde las flores coloreaban el patio y él podía distraerse. Amaba la tranquilidad de ese hogar y disfrutaba de su compañía.

Como el niño era poco expresivo, sus abuelos comprendieron que el silencio se convertía en su mejor alivio, porque él no sabía cómo dirigirse a los demás sin sentir que algo malo pudiera salir de su boca.

Su abuela tenía una hermosa arpa y siempre que veía a su nieto triste y pensativo tocaba melodías hermosas y típicas del acervo musical mexicano, las que, con el paso de los días, escucharlas se volvió un hábito.

El niño era muy atento; observaba la forma armoniosa en la que su abuela tocaba las cuerdas y la delicadeza con la que sus dedos emitían suaves e intensas notas musicales que lo inspiraban a sonreír.

En una de aquellas tardes, el niño, con mucha timidez, le pidió a su abuela que le enseñara a tocar el arpa, pues sabía que ella amaba mucho ese instrumento y pensaba que era algo casi imposible.

La abuela sonrió; sentó al niño en sus piernas y le enseñó el sonido de cada cuerda así como la forma en la que debía tocarla. Las primeras notas fueron una arrítmica sucesión de sonidos disonantes, pero su desilusión por no escuchar sonidos hermosos no lo detuvo; al contrario, le pidió que le siguiera enseñando, aunque eso implicara abandonar por un rato las melodías armoniosas y completas.

Poco a poco, su estilo fue mejorando, al igual que la expresión en su cara. Su abuelo pronto empezó a acompañarlo con una pequeña guitarra y unas cortas melodías que alegraban sus días —¡qué dicha aquélla!—. Lamentablemente, sus padres no lo habían escuchado tocar, pues le habían dado poca importancia. Sus trabajos los absorbían mucho. Ellos no tenían tiempo para esas actividades, y eso no sólo entristecía a su hijo, sino también a los abuelos, pues el niño había desarrollado un hermoso talento.

Una tarde, el mal clima impidió que el niño tocara el arpa en el jardín, pues aquel patio colorido se cubría de lluvia. El abuelo reparaba unas goteras, mientras la abuela, quien preparaba chocolate, le dijo a su nieto que era un buen momento para expresar sus sentimientos a través de aquel instrumento.

El niño cerró los ojos y, a los pocos minutos, una melodía suave y triste, que no se había escuchado nunca, estremecía la lluvia; recordó cuando peleaban sus padres. Los momentos de soledad que sentía al no compartir sus emociones se iban borrando con cada nota musical.

Expresó todo lo que sentía en la triste melodía. Los abuelos lo escuchaban atentamente y acogían con gran amor los sentimientos de su nieto. Después de tanto tiempo, aquel niño se expresaba a través de la música, y sus frágiles emociones eran comprendidas.

Sus papás estaban frente a él; por la intensa lluvia, habían llegado más temprano que de costumbre. Estaban sorprendidos; sentían la tristeza de su hijo en sus corazones, pues el niño la expresó en los sonidos armoniosos del arpa.

Ellos lo escucharon; comprendieron la soledad y la melancolía que él sentía al no tener su apoyo. Querían decirle que todo eso cambiaría, pero la música aún imponía silencio en la habitación.

El niño siguió tocando. Esta vez, la melodía era suave y cálida; con ésta expresó su gratitud a sus abuelos por haberle enseñado a tocar el arpa; al mismo tiempo, apreciaba a sus papás por tomarse unos minutos para escucharlo.

Se sentía libre de tocar. El silencio ya no era un límite para expresar sus emociones y, en ese momento, las palabras se volvían innecesarias. Al terminar, sus padres lo abrazaron y lo abrigaron con el mismo amor que él les transmitió en esa melodía, y todos juntos celebraron la felicidad que, hasta ese día, no habían sentido, pero de la cual estaban orgullosos de compartir por primera vez.