El Cotorro

Ayer aprendí lo importante que es pensar en lo que decimos y ser constantes en cómo nos expresamos, pues puede haber alguien presente para recordarnos lo que decimos.

Nuestros papás nos enseñan a ser educados, decir gracias cuando nos hacen un favor o pedir disculpas cuando nos equivocamos. Pero también imitamos a los adultos al decir palabras altisonantes, mentir o expresarnos mal.

Mi tía tiene un pequeño cotorro en su casa, hermoso, de colores vivos; con su pequeño pico negro, imita gran cantidad de palabras que usan los humanos —sin duda, parece un ave muy inteligente por esa cualidad―.

Ella ha tenido muchas experiencias con su cotorro y ayer nos contó algo que le acaba de suceder. La casa en donde vive está junto a la de sus vecinos, y se oye claramente cuando alguien grita o habla muy fuerte. Sus vecinos tienen hijos que son de mi edad o más pequeños; en ocasiones, los regañan cuando se les hace tarde para ir a la escuela, hacen alguna travesura o no realizan sus deberes.

Mi tía dice que, a veces, los niños terminan llorando, así que se le ocurrió una idea. Hace unos días, invitó a sus vecinos a comer, preparó algo especial y les presentó a su cotorro. Cuando estaban comiendo, el ave comenzó a recitar algunas frases, entre éstas los regaños; los vecinos no sabían qué decir, y sus hijos se aguantaban la risa.

Ella les respondió que el cotorro sólo había imitado lo que había escuchado, pues el ave no era consciente del significado de aquellas palabras; fue muy sincera y les dijo a sus vecinos que sus hijos en un futuro imitarían las palabras que ellos usaban, como lo hacía su cotorro. Los niños comprendían el significado de aquellas frases y las usarían imitando no sólo sus palabras sino, también, sus acciones.

Me reí mucho con la anécdota que mi tía contó; me hubiera gustado ver la cara de los vecinos cuando el cotorro comenzó a hablar. Mi mamá le preguntó a mi tía si el cotorro seguiría repitiendo aquel vocabulario, ella le respondió que sólo por un tiempo, después lo olvidaría, pero debía procurar que aquel lenguaje no se convirtiera en un hábito porque, entonces, sería muy difícil corregirlo.

Mi tía me miró y agregó que lo importante es que los niños no debemos imitar a los adultos, como lo hacía su cotorro. Si tomamos en cuenta el respeto a los demás, la sinceridad y la confianza, podremos expresarnos libremente. Como todo ser humano, tenemos la capacidad de pensar antes de hablar, responder o actuar.