La Rana

Cerca del jardín, había una hermosa casa donde vivía una gran familia acostumbrada a estar en el campo y escuchar el cantar de los grillos y el croar de las ranas; en temporada de lluvias, parecía un recital de ranas saltarinas, pero ese tiempo había terminado y sólo había quedado una que vivía en el estanque.

La pequeña rana cantaba con tal ímpetu, que los lirios y los peces se sentían orgullosos de escuchar tan agradables melodías.

Se sentía tan sola que buscaba la aventura en cada planta del jardín, pero lo que más le gustaba era acercarse a las ventanas de la gran casa de campo, pues ahí se distraía viendo cómo jugaban los niños, qué alimentos les preparaba su mamá y cuando su papá llegaba a su casa después del trabajo.

En la noche, la rana regresaba al estanque y se disponía a platicar a los peces lo que había visto; después, le contaba a la luna su feliz vida y así vivía muy contenta mientras crecía. En un día muy soleado y agradable, la familia decidió pasar un rato al aire libre, comerían juntos en el pasto y los niños jugarían por todo el jardín.

La rana por fin vería de cerca a los humanos y no a través de la ventana; tenía tanta curiosidad de conocerlos que, sin darse cuenta, se acercaba más y más. En un momento, sin saber cómo, ya no podía brincar. Una barrera transparente le impedía alejarse de los humanos; una tapa oscura cubría el cielo, y los niños se fijaban en ella.

Los pequeños la habían atrapado con un frasco y ahora era su prisionera; ellos la habían adoptado. Admiraban su brillante color verde y su tamaño. La rana sentía miedo y tristeza al darse cuenta de que no podía escapar, no regresaría a su hogar en el estanque con sus amigos, los peces y, peor aún, no volvería a croar en la noche, bajo la
luna.

Estaban muy contentos. La rana, asustada, se preguntaba qué había hecho mal para que ahora no pudiera escapar de los humanos. Si no destapaban el frasco, moriría de asfixia y todo habría terminado.

Cuando llegaron con sus padres, los niños gritaron emocionados que habían capturado un gran anfibio en el frasco de sus canicas. La mamá se asustó y el papá, quien se admiró de la hazaña de sus hijos, tomó el frasco, afirmó que la rana era muy grande y bonita y le preguntó a sus hijos qué querían hacer con ella: uno dijo que sería su nueva mascota; otro, que la podían cazar, pero la niña más pequeña respondió con voz bajita que la quería liberar.

El papá miró a sus tres hijos y les dijo: —No les ha hecho ningún daño; al llevarla a casa dentro de un frasco, la están privando de su vida en la naturaleza. No pueden negarle su libertad y mucho menos su vida. Esta rana es inofensiva.

Los niños, quienes escuchaban atentos las palabras de su padre, se sentían avergonzados por lo que habían hecho; entonces, el hijo mayor dijo: —Papá, llevaremos la rana al estanque, sólo deja que le tomemos una foto como recuerdo de lo que hemos aprendido.

Después de tomar la foto, los papás acompañaron a sus hijos al estanque, donde liberaron a la gran rana y ésta, al respirar aire fresco y sentir nuevamente la libertad, saltó.

La familia regresó contenta a casa y en la noche se detuvo a escuchar la naturaleza, sobre todo, el croar de una rana que le cantaba a la luna con gran ímpetu, porque había sido tomada prisionera injustamente, pero volvía a ser libre, gracias a la comprensión de los niños que habían sido buenos con ella.