La Sirena

Toda su vida, la niña había vivido cerca de la playa. Su sueño más grande era conocer una sirena, a pesar de los comentarios de los adultos con respecto a su existencia, sobre todo los de su hermano mayor, quien le repetía que las sirenas no eran reales, tan sólo para hacerla enojar.

La niña pensaba que las sirenas vivían en las profundidades del océano, que lucían hermosas, que tenían cabello largo y suave como las olas del mar, que usaban conchas como prendedores y que sus colas de pez eran de colores intensos.

Cada vez que iba con su familia a la playa, mientras caminaba y sentía la arena rozar las plantas de sus pies y el impulso de las olas del mar de arrastrarla adentro, la niña miraba hacia el horizonte en busca de alguna sirena.

Tenía una gran imaginación y en su mente todo era posible, como el hecho de que las sirenas existieran. Para la niña, la imaginación era una oportunidad para crear momentos extraordinarios y, cuando sus amigas de la escuela iban a jugar con ella, no era la excepción.

En una ocasión, las pequeñas jugaban en la alberca, y como mientras la imaginación volaba, la niña dijo que quería ser una sirena; sus amigas también querían serlo, a excepción de una, quien consideró la idea como algo muy infantil.

La niña que no quería jugar se consideraba mayor que las demás y tenía ideas distintas a las de ellas; pensaba que las sirenas no eran reales, tan sólo un mito.

La manera en la que expresó sus ideas hirió los sentimientos de sus amigas; sobre todo, los de la pequeña que creía en las sirenas y que pretendía jugar a ser una, quien salió corriendo de la alberca y se fue llorando a un rincón. La tarde de juegos terminó.

Su hermano mayor, quien vio todo, se acercó a la niña para consolarla; muchas veces lo había hecho, igualmente, para
molestarla, pero al ser mucho más grande que ella y al entender sus sentimientos, comprendió que no era lo mismo que él lo expresara, a diferencia de una de sus amigas.

Ella no quiso hablar con nadie; por unos días estuvo muy callada, sólo las olas de mar se escuchaban a la distancia. La pequeña no jugaba y sentía tristeza.

Al día siguiente, antes de que llegara el fin de semana, la niña regresó a la escuela a ver a sus amigas; su hermano se acercó a hablar con ella y le dijo: —En muchas ocasiones, te he molestado por esa gran imaginación que tienes, pero respeto tus ideas. El cúmulo de pensamientos que vive en ti es increíble.

Ella respondió que siempre supo que sus comentarios los decía para molestarla, pero esta vez, era distinto, pues una de sus mejores amigas había dicho que las sirenas no existían y que no quería jugar con ellas, y eso la entristecía.

Su hermano, quien la quería mucho, le explicó que las personas eran libres de creer en lo que ellas quisieran y manifestarlo a los demás; sin embargo, había ideas más difíciles de entender como las sirenas. A lo que la niña contestó: —Sé que las sirenas no son reales, pero existen en la imaginación de muchas personas como una idea de
curiosidad y fantasía. Respeto los pensamientos de mis amigas y les pediré disculpas cuando las vea en la escuela.

Su hermano sacó una hoja y unas acuarelas y le dijo que le ayudaría a hacer realidad su imaginación, pues era una niña muy inteligente, sólo tenía que describirle una sirena y él trataría de plasmarla sobre el papel.

Después de una tarde muy entretenida, el dibujo de una sirenita muy hermosa estaba terminado. La pequeña agradeció a su hermano con gran alegría; nunca pensó que él le ayudaría a seguir imaginando.

Si eso era posible, cualquier cosa que ella imaginara también lo sería, pues la realidad del mundo, antes de existir, debió ser pensada en la mente de las personas.