El Soldado

Desde que era muy pequeño, conservaba recuerdos sobre el honor de un gran soldado. Veía fotografías en un álbum y pensaba en lo importante que era proteger a los demás y usar el uniforme de la defensa nacional mexicana.

Había crecido escuchando sobre los entrenamientos de la escuela militar, así como de la disciplina y el valor que debía tener, si su convicción era proteger a la nación. Él, un niño de corazón noble y valiente, pensaba que algún día seguiría los pasos de su padre.

A menudo jugaba con un soldado de juguete y con éste recreaba todas las aventuras que viviría algún día cuando fuera grande. En ocasiones, su imaginación lo llevaba a creer que sería reconocido por su fuerza y valor y, para él, ése era su más grande sueño. Su papá estaba orgulloso de que su hijo quisiera seguir sus pasos en un futuro.

La experiencia como padre y soldado le había permitido aprender mucho sobre la vida y el cuerpo militar, y sabía que no era una tarea fácil. Así que, decidió enseñarlo cómo ser un buen soldado. No quería un guerrillero sin escudo y sin armas, mucho menos sin corazón; él esperaba que su hijo fuera un soldado leal, con el escudo de su país y el arma del conocimiento.

Cuando su papá le dijo que le enseñaría todos los secretos de la milicia, el chico, emocionado, se preparó para no perder ningún detalle y pasar todas las pruebas físicas y mentales que tuviera que superar; sin embargo, su ánimo decayó un poco cuando su primera clase no fue lo que esperaba ni tampoco la segunda ni las siguientes, pues su papá sólo lo llevaba a contemplar la bandera mexicana en la plaza cívica.

El niño, cansado, le preguntó en qué momento comenzaba la acción y los entrenamientos de estrategia en la batalla. Su padre lo miró y le respondió: “Te he traído todos los días a observar el símbolo que defendemos los soldados, pero si has visto con atención a tu alrededor, nosotros protegemos y velamos por la seguridad social de todos los que habitan en nuestro país”.

El niño, aún sin comprender muy bien, miró a su alrededor y vio muchas personas pasar por la plaza, ciudadanos comunes que tenían una vida plena y, los responsables de vigilarla eran ellos, los soldados.

Después lo llevó a una biblioteca a leer sobre muchos temas en general para que se preparara con conocimientos de geografía, historia, ciencias naturales y demás. El papá, sin esperar que su hijo volviera a preguntar de qué serviría todo eso, le dijo: “Un soldado que previene una confrontación, tiene conocimientos que le permiten ver un panorama más amplio que su adversario. No peleará en balde y no jalará un gatillo, sin antes pensar en los resultados. Si te preparas hoy, mañana no lamentarás la ignorancia de tus errores”.

Los días siguientes, lo llevó a un asilo de ancianos, para que ayudara a reforestar árboles y realizar otras actividades comunes que implicaban conocer a la gente que, en algún momento, había sido extraña para él. El niño le pidió a su papá que le explicara lo que debía aprender de todas aquellas acciones, pues estaba ansioso de saberlo.

Su papá sonrió diciéndole: “Cualquier persona puede luchar y defender sus ideales, pero sólo aquellas que brinden protección y cuidado a los ciudadanos, que defiendan sus derechos y prefieran extender una mano para ayudar a los demás antes que tomar un arma y pelear, serán las correctas. Si te conviertes en un soldado de buen corazón, vivirás para hacer el bien, así como para ayudar y proteger a los que más quieres”.

El niño tomó fuertemente la mano de su papá. Todos los recuerdos de su infancia sobre el honor de un gran soldado los encontraba en su padre y, algún día, él también lo sería.