La Pera

La relación que tenían estas dos hermanas era única e increíble. Se consideraban las mejores amigas y confidentes. Habían crecido juntas, imaginando sus propios sueños y planeando cómo hacerlos realidad.

Las travesuras eran parte de ellas, al igual que divertirse al aire libre en días soleados y lluviosos; compartían todo lo que poseían y, en cualquier situación, una siempre pensaba en la otra.

Al final del día, después de largas hora de juego o de un día de escuela, las dos se acompañaban y superaban cualquier reto que se les presentara; sin embargo, una tarde, tuvieron una discusión muy fuerte. Ellas no contuvieron su enojo y se pelearon; una tomó su muñeca preferida y se fue, la otra, sin aguantarse, actuó exactamente de la misma manera.

En unos instantes, las lágrimas relucían, sus muñecas se distanciaban como ellas y el juego había terminado.
Ambas se encerraron en sus cuartos y el resto de la tarde, ninguna volvió a dirigirse la palabra.

A la mamá, quien conocía muy bien a sus hijas, le pareció muy extraño que pelearan, pues ellas nunca habían tenido
una discusión tan fuerte; sabía muy bien que esta discusión no era motivo de tanto enfado; sin embargo, debían aprender a reconciliarse.

La mamá se encargaría de establecer nuevamente el orden en su casa, pues sus hijas habían actuado con su mente nublada por el enojo y el coraje y, si no solucionaban sus diferencias, podrían ocasionarse problemas más grandes que afectarían su relación.

Al día siguiente, ambas estarían más tranquilas, así su mamá podría llevar a cabo su plan de reconciliación y enseñarles que el amor que existía entre hermanas era más importante que ganar una discusión.

En la mañana, las dos se sentaron a desayunar en silencio. Estaban arrepentidas de haber discutido, pero ninguna sabía qué decir o cómo comportarse. Para ellas, era muy difícil estar en esa situación y pedir disculpas. Pero después, su papá las llevaría a la escuela y no se preocuparían por ese incómodo momento hasta que volvieran a casa.

El día, a pesar de que era hermoso, había sido uno de los más tristes y simples de todos. No habían puesto atención en clase, no habían disfrutado el recreo ni habían tenido alguna conversación como siempre; no podían seguir así.

Después de comer, su mamá les dijo que les había preparado un postre. La emoción y la alegría se reflejaban en sus caras y, por un momento, todo lo demás lo habían olvidado. Ellas preguntaron qué era y su mamá les respondió: —Es un postre que he llamado la pera de la concordia.

Qué nombre tan más raro. “¿Qué significaba aquella palabra?”, se preguntaban las niñas, y su mamá pronto se lo explicaría. Se levantó y les sirvió una pera acaramelada; era una de sus frutas preferidas. Se veía deliciosa, pero había un problema, era sólo una.

Su mamá les dijo que la pera sería para quien pidiera disculpas y abrazara a su hermana. Ambas, que no habían encontrado el modo de reconciliarse, no dudaron en abrazarse y reír de nuevo.

Como las dos habían actuado al mismo tiempo, su mamá les dijo que compartirían la mitad de esa pera y de todas las que había preparado. Les explicó que los problemas surgirían como algo normal en sus vidas, pero que no debían prevalecer en sus corazones y en su relación, puesto que eran capaces de enfrentar cualquier adversidad; sobre todo, de hacer prevalecer el orden, sus valores y sus derechos en sus vidas.