El Árbol

Hace algún tiempo, en compañía de mi familia, plantamos pequeños arbolitos en el campo; cada integrante sembró uno y la promesa fue que cada quien debía cuidarlo, regarlo, protegerlo de las plagas y ayudarlo a crecer. No recuerdo muy bien aquel momento, pero cada vez que vamos a caminar, veo aquel pequeño arbolito crecer.

Sentarse bajo su pequeña sombra y regarlo es una sensación muy bonita, como tener una mascota, pues son seres vivos que sienten el cariño que les damos y nos acompañan fielmente en nuestra vida.

Hubo una temporada de calor en la que varios árboles, entre éstos el mío, comenzaron a secarse. Cuando vi a mi árbol con sus hojas marchitas por falta de agua, sentí mucha tristeza y culpa, ya que estaba bajo mi cuidado. Nunca permití que se secara; siempre que podía, lo regaba, le quitaba las hojas secas y lo limpiaba de todas las enredaderas que trepaban sobre su tronco.

Con el paso de los días, éste comenzó a reverdecer lentamente y, entonces, comprendí que los árboles son muy similares a las personas. Tenemos raíces que nos permiten llegar tan alto como queramos; necesitamos el cariño y el cuidado de nuestros seres queridos, ellos nos ayudan a crecer frondosos y, cuando sea el
momento, daremos un fruto o una flor.

Me parece increíble lo parecidos que somos y lo mucho que se puede querer y apreciar a la naturaleza. El día que vi un nido de pajaritos viviendo entre las ramas de mi árbol, me emocioné al pensar que ya tenía compañía y no se sentiría solo. Le pedí a mi abuelo que me acompañara a caminar hasta que llegáramos a donde estaba nuestra familia de árboles, considerando la promesa de cuidar de éstos, así como del medio ambiente.

Le pedí a mi abuelo que me acompañara a caminar hasta que llegáramos a donde estaba nuestra familia de árboles, considerando la promesa de cuidar de éstos, así como del medio ambiente.

Una vez que estuvimos ahí, tomé a mi abuelo de las manos y le dije que desde hacía muchos años habíamos comenzado la aventura de vivir y contar historias de la lotería en las que prevalecía la fe de los niños y los buenos sentimientos.

He aprendido grandes cosas. Bajo la sombra de mi árbol, enterramos una carta mía con un mensaje de mi niñez a la
persona que seré en un futuro; la escribí a mano, sólo tiene unas cuantas líneas y dice lo siguiente: Espero que hayas vivido plenamente conforme a tus derechos y que hayas disfrutado cada instante de tu vida, conviviendo con la naturaleza y con cada ser vivo que habita en este planeta; que en tu corazón abunden cálidos sentimientos y que cada vez que juegues lotería recuerdes con alegría tu infancia.

Mi abuelo también guardo una carta para mi Yo del futuro, pero no quiso mostrarme el contenido, dijo que después lo descubriría. Guardamos las cartas y marcamos con una equis el lugar donde las dejamos. Antes de irnos, regamos mi árbol, jugamos, respiramos el aire fresco de la naturaleza y tomamos agua. ¡Me he divertido tanto!

Espero que todos los niños, al igual que yo, disfruten de la naturaleza, jueguen al aire libre y respiren el aire fresco; que abracen a los árboles, los cuiden y los rieguen, que protejan al medio ambiente, no sólo porque es lo
correcto sino que lo hagan por convicción y amor a la naturaleza.