Las Jaras

Desde muy pequeña, la niña había soñado con crecer, encontrar el amor de su vida, casarse y vivir feliz por siempre, pero su sueño le parecía cada vez más lejano. Últimamente veía cómo sus papás se distanciaban y discutían el tema del divorcio, desprotegiéndola a ella, su única hija, quien sufría al pensar que un día terminaría toda la felicidad que alguna vez había sentido con su familia.

La niña comenzó a creer que el amor no existía y que el matrimonio era sólo algo previo a una serie de problemas para terminar en un divorcio. Las discusiones entre sus padres comenzaron a ser más fuertes y frecuentes. Una tarde en la que ya no toleraba escucharlos, se encerró a llorar en su cuarto, se sentó frente al escritorio y se tapó sus oídos para no escuchar nada.

Después de un momento, todo era silencio y tranquilidad, hasta que sintió pequeños piquetitos en su corazón, como unas diminutas flechas atoradas en su ropa; cuando volteó a mirar qué producía aquel dolor, escuchó una pequeña vocecita que decía —No las toques—.

—¿Quién eres tú? —preguntó la niña.

—Soy cupido —respondió la diminuta criatura de forma humana.

—¿Tú eres quien representa el amor? —interrogó la niña con tono melancólico.

—Así es y justo ahora quería que mis jaras del amor alcanzaran tu corazón para que no estés triste, pero no han funcionado. Si tan sólo pudiera saber por qué te sientes así, quizá podría ayudarte —expresó Cupido con preocupación.

—He visto a mis padres discutir muy seguido, ellos piensan divorciarse. Estoy confundida, pues los quiero y no deseo verlos separados; he llegado a pensar que el matrimonio no es suficiente para ser felices —contestó la niña.

—El hecho de que el matrimonio no funcione con todas las parejas no significa que no puedas ser feliz si decides
casarte cuando seas grande. El amor verdadero es difícil de encontrar. No puede haber amor sin confianza, y una relación donde no existe el compromiso de sus cónyugues no sobrevivirá— le dijo Cupido.

—Pero tú eres Cupido, el símbolo del amor, si tan sólo pudieras flechar nuevamente a mis padres, ellos se volverían a enamorar y no tendrían más discusiones — le comentó la niña mientras que tomaba una de sus pequeñas flechas.

—Todas las personas eran flechadas por el amor verdadero una vez en su vida —le respondió Cupido, lamentando decepcionarla, mientras se sentaba sobre la pasta de un libro.

—Muchas veces, las personas olvidan el verdadero significado del amor y guardan rencor, odio y venganza, sentimientos que separan matrimonios y familias, pues las jaras de la indiferencia, y no del amor, alcanzan sus corazones —agregó Cupido.

—¿Qué puedo hacer yo? —le preguntó la niña.

—Debes ser paciente y apoyar a tus padres para tomar una decisión que haga feliz a la familia; recordarles que el amor que alguna vez sintieron aún vive en sus corazones, pero se ha escondido entre la indiferencia. El matrimonio fue parte de la consumación de su amor, y tú eres su hija; juntos son una familia —le respondió

Cupido, quien desapareció en ese momento.

La niña aún escuchaba sus palabras: “recuerda que es común escuchar que el amor es ciego, pero la verdad es que el amor no debe mirarse con lo que ven nuestros ojos, sino con lo que el corazón siente; y tú serás quien decida qué harás en un futuro, cuando alguien te pida matrimonio o tú se lo pidas a alguien”.

La niña abrió los ojos; se había quedado dormida, pero ese sueño en el que encontró a Cupido le ayudó a pensar que el matrimonio de sus padres podría funcionar si ellos lo deseaban en verdad, sobre todo, si las jaras de la indiferencia desaparecían de sus corazones y dejaban que las del amor los reconciliaran.