La Bota

El hijo mayor de una familia creció viendo la escasez en la que vivían, en comparación con otras familias de la zona. Los recursos de sus papás apenas eran suficientes para cubrir los estudios básicos de sus hijos, darles de comer y vestirlos.

Su infancia había sido difícil, pero la había disfrutado al máximo; él, alegre, humilde y de buen corazón, soñaba con poder dar una mejor calidad de vida a su familia.

Veía el cansancio de sus papás después del trabajo. Su mamá se dedicaba a atender la casa, cuidar a sus hermanos más pequeños y preparar la comida para todos; mientras que su papá se esforzaba para que sus hijos no tuvieran la necesidad de trabajar hasta que terminaran los estudios.

Durante la cena, un trozo de pan se cayó de la mesa, el hijo mayor se agachó a levantarlo y vio algo que le entristeció mucho; las botas de trabajo de su padre estaban tan desgastadas, que la suela se separaba de la punta y el empeine apenas sujetaba la lengüeta.

En la noche, el niño no durmió al pensar que su padre iba a trabajar en esas condiciones, así que le dijo a su hermana menor que debían hacer algo para ayudarlo.

Ellos no tenían recursos suficientes para comprarle unas botas nuevas, pero juntaron sus pocos ahorros y le pidieron a su mamá que los acompañara a una zapatería; encontraron las botas adecuadas para el trabajo de su papá y, cuando preguntaron por el precio, se dieron cuenta de que sólo podrían pagar una.

Los niños no sabían qué hacer, pues ¿de dónde podrían obtener la otra mitad del dinero que les hacía falta, si era su padre quien se los daba? Además, era una cantidad que difícilmente podrían completar en poco tiempo. Su mamá los tranquilizó; les dijo que eran muy buenos por querer ayudar a su padre y, que si tenían la intención de hacerlo, ella los apoyaría.

Agradecieron al encargado de la tienda y le dijeron que volverían en otra ocasión. No sabían que el dueño de la zapatería era quien los había atendido; el señor, conmovido por la buena intención de los dos niños, le dijo
a la mamá que esperara, pues él podía ayudarlos a pagar la otra bota que hacía falta.

Los niños se emocionaron y preguntaron ¿cómo le podían ayudar? El dueño les respondió que les haría un descuento, de tal forma que pagaran las dos botas por el precio de una.

La señora le agradeció y dijo que aceptaba su amabilidad, pero no su ayuda, pues ¿cómo podrían pagar la mitad de lo que en verdad costaban esas botas? A lo que el señor respondió —He visto la bondad de sus hijos e, incluso, la de usted, y me complazco en ayudarles. Todos merecen tener mejores condiciones de vida. Su esposo necesita las botas para su trabajo y para seguir dándoles una mejor calidad de vida a ustedes; por ello, me sentiré honrado haciéndoles este descuento—.

El niño mayor le dijo al señor que agradecía enormemente la ayuda que les daba y que, cuando tuviera la edad apta para trabajar, iría con él a pedirle empleo, como agradecimiento a ese gesto de amabilidad; su hermana, con gusto, apoyó su respuesta.

El dueño de la zapatería sintió que había hecho una buena obra; al ver a aquellas personas alejarse, sabía que eran una familia de bien, pues sus acciones lo decían.

Al final del día, cuando su papá llegó a la casa vio sobre la mesa una bota para su trabajo y preguntó con incertidumbre qué significaba aquello. Su hijo respondió que él merecía ese obsequio, pues les había enseñado el valor del trabajo arduo, es decir, la laboriosidad para vivir dignamente, por lo que, le habían comprado una bota con su esfuerzo y la otra, era un regalo a su bondad, pues todos merecían vivir mejor.