La Sandía

No recuerdo haber hecho una rabieta tan grande por querer algo, sin embargo, esa vez perdí el control; por un momento, ya no sabía si llorar o seguir gritando.

Mis papás, muy apenados, me sacaron de la tienda; se enojaron tanto conmigo y se pusieron tan serios, que durante todo el camino a casa no dijeron palabra alguna. El enojo había sido mutuo, pues no me compraron lo que quería y a ellos no les agradó mi actitud, pero no deseaban hacer más grande la discusión.

Ellos llegaron a la conclusión de que tenía mucho por aprender, como controlar mejor mis emociones; consideraron que debía comenzar a valorar todo lo que tengo y encontrar la felicidad en las cosas simples. Además, debía perseverar para lograr mis objetivos, pues cuando obtienes algo con esfuerzo y dedicación, su valor es incalculable, por pequeño o modesto que sea.

Al día siguiente, me llevaron a un lugar que no conocía. Era una comunidad alejada de todo tipo de vida urbana. Las personas que habitan ahí son muy humildes y mis papás me pidieron que observara con atención todo lo que les rodeaba.

Conocí a una familia que tenía dos niños y una niña, los tres ayudaban a sus papás con los quehaceres domésticos, se preocupaban por aprender todo lo que veían en la escuela y por estudiar en su casa.

Ellos sabían que en un futuro sólo la perseverancia en sus estudios les permitiría vivir mucho mejor. Fácilmente, entablé amistad y jugué con ellos, fue una experiencia inolvidable, pues todo lo que conocen, descubren o tienen lo disfrutan al máximo.

Sus papás nos llamaron para tomar un descanso; su mamá les había comprado una jugosa y deliciosa sandía que partió en raciones iguales y me obsequió una rebanada; nunca había probado una tan deliciosa. Ver la manera en la que mis nuevos amigos la comían me causaba alegría.

Su mamá me dijo que desde la semana anterior habían querido una sandía, pero no tuvieron la oportunidad de comprarla; por eso, ahora que podían comerla, la disfrutaban. En ese momento, sentí que mi rabieta del día anterior no tenía importancia.

Aquellos hermanos pensaban en los demás y no sólo en sí mismos. Comprendí que esos niños, en muchas ocasiones, se habían privado de algún juguete o alguna prenda de vestir; sin embargo, ellos realmente se esforzaban por mejorar su condición de vida, por seguir estudiando y preparándose.

Les agradecí su generosidad desde el fondo de mi corazón, pues muchas veces, los seres humanos nos volvemos tan egoístas y vanidosos, que nos olvidamos de disfrutar los pequeños instantes y de compartir lo poco o mucho que tenemos, como una rebanada de sandía.

De regreso a casa, les pedí disculpas a mis papás por el comportamiento que tuve en la tienda al exigirles algo
que no necesitaba y les prometí esforzarme, como lo hacen ellos y mis amigos, para ayudar a los demás a vivir
mejor. Para no olvidar mi objetivo, pensaré en la dulce rebanada de sandía, como un fruto de perseverancia y de la calidad humana.