La Araña

Era una araña muy pequeñita, pero muy trabajadora y hábil, con gran agilidad y destreza; tejía telarañas increíbles que, además de ser muy grandes, tenían simetría y buena resistencia. Sus presas no podían escapar fácilmente de su obra maestra, que parecía más bien una obra de arte.

La telaraña también era su hogar, y, la pequeña araña no podía imaginarse un lugar mejor que vivir en la naturaleza, donde las gotas de la lluvia decoraban sus finos hilos de seda.

La pequeña araña hubiera vivido muy feliz toda su vida si en una ocasión un niño no se hubiera acercado tanto a su hogar. El niño había ido a jugar al campo próximo a su casa y, al adentrarse en el jardín, descubrió la magnífica telaraña; fue poco cuidadoso y la destruyó. Le causó miedo la pequeña araña que, a diferencia de otros arácnidos, no picaba.

—¡Has destruido mi casa!, —exclamó la araña.
—¿Qué voy a hacer ahora? Había tardado mucho tiempo en construirla.

El niño, podía entenderla le respondió: —Podrías hacer una telaraña más resistente que en la que antes vivías, una que parezca un castillo; entonces, podré venir y ver tu avance. Si no es muy grande, hilarás hasta que lo sea
cada vez más.

Al niño, impresionado por el gran talento de la araña, se le había ocurrido una idea. La araña tomó su comentario como una orden; se sintió intimidada y construyó la telaraña más grande que jamás había hecho, pues creía que, en cualquier momento, aquel niño, por su tamaño y poder, podría hacerle daño.

Pasaban los días y la arañita trabajaba sin descanso; pensaba que si no construía una telaraña inmensa, el niño la destruiría, así que se esmeraba por superar incluso sus propios límites.

El niño cada vez que podía iba a ver a la araña trabajadora; se asombraba de lo impresionante que era su trabajo, pero quería que fuera más grande aún. La pobre araña, intimidada, seguía esforzándose por construir un castillo, como le había dicho el niño.

En realidad, él esperaba encontrarse con una red tan grande, simétrica y perfecta, que sus amigos quedarían impresionados con el trabajo de su leal araña.

Un día, cansada de trabajar tanto, la araña se sentía prisionera de su propia telaraña, quería escapar y ser libre como siempre lo había sido, pero antes consideró que aquel niño, que tanto miedo le había infundido, debía aprender una lección, así que lo esperó impaciente hasta su próxima visita.

Cuando volvieron a reunirse, la araña le dijo al niño con valentía: —Podemos ser más grandes, altos, pequeños o
bajos; ser diferentes y tener características únicas, pero en realidad, todos somos iguales.

—Puede que sea una araña indefensa por no ser venenosa, pero no voy a construir tu castillo de seda, porque soy libre y no quiero seguir siendo esclava de tu voluntad, exclamó la araña, que pronto se escabullía por los espectaculares tejidos de la telaraña.

Entonces el niño, recapacitando, dijo: —Espera, no fue mi intención esclavizarte, mucho menos someterte. Sólo pensaba que si me hacías un castillo con tu magnifica habilidad para tejer, podría impresionar a mis amigos.

—Es tu telaraña, la has creado con tu gran habilidad. No merezco recibir honores por ésta, así que quédate a vivir
ahí, libre y feliz, en el campo. Vendré a visitarte y tendré cuidado; evitaré que otros destruyan tu hogar para que
vivas tranquila.

La araña le agradeció infinitamente; era inofensiva y muy pequeña, pero conocía sus derechos y, al igual que el niño, aprendió que todos eran iguales y que ni la esclavitud ni el dominio sobre sus semejantes eran algo bueno.