El Melón

La maestra convocó a una junta de padres de familia, para hablar sobre el avance académico de sus estudiantes, sin embargo, muy pocos llegaron. Unos se disculparon explicando que trabajaban hasta muy tarde y que no podrían llegar; algunas señoras se presentaron tan sólo unos minutos para pedir un reporte escrito, que después revisarían con calma, pues tenían muchos quehaceres y pendientes que no podían esperar.

Quienes asistieron dedicaron el tiempo necesario para escuchar sobre sus hijos y su progreso. No obstante, eran poco menos de la mitad. La profesora pensó que sería mejor buscar el tiempo libre de los padres, para que tuvieran oportunidad de asistir a la reunión, pero siempre había compromisos que impedían que algunos fueran a la junta.

La preocupación por la educación de sus alumnos iba en aumento. Jamás había pasado por una situación similar y temía que los padres de familia no tuvieran un momento para convivir con sus hijos, ni un descanso para escuchar lo que ellos hacían en la escuela.

Al día siguiente, aplicó un cuestionario a todos los niños, preguntando qué tanto conocían a sus papás, qué tanto creían que sus papás los conocían a ellos, cuánto tiempo convivían con sus padres y cuál era su fruta preferida.

Los resultados de muchos niños fueron satisfactorios, pero hubo un caso en particular que causaba tristeza. Al final de las clases, la maestra le pidió a una de sus alumnas que se quedara un momento para hablar con ella.

La única palabra que había escrito era melón. Cuando le preguntó sobre las demás respuestas, la niña expresó que no había escrito nada, porque había olvidado cómo eran sus padres.

Casi nunca los veía, pues sus trabajos eran de jornadas tan pesadas que, al final del día, sólo podían pensar en descansar. No sabía si sus padres la conocían a ella, pues rara vez preguntaban sobre sus avances en la escuela,
mucho menos sobre sus sentimientos y problemas.

Sabía que su fruta preferida era ésa porque todas las mañanas, cuando la niña se despertaba, en el desayuno siempre había melón que su madre había picado antes de irse al trabajo; y éste era el contacto más directo que tenía con ella.

Al escuchar sobre su situación, la maestra se entristeció al pensar que los padres de la niña trabajaban largas y pesadas jornadas laborales y que en sus ratos libres sólo podían descansar. El cansancio impedía que tuvieran tiempo para convivir con su hija y se perdían una etapa tan importante de su vida que no volvería a vivir.

Le agradeció a la niña por su explicación, le dio un abrazo y le sugirió una idea que podría alegrar a sus papás para recordarles que ella estaba presente en sus vidas.

Al día siguiente, los papás de la niña hablaron con la maestra y agradecieron de corazón la educación que le daba. Era verdad que, como su tiempo libre lo utilizaban para realizar otras actividades y sus vacaciones eran muy cortas, se habían olvidado de compartir hermosos momentos con su hija, sin embargo, tratarían de conocerla más.

La maestra les preguntó a qué se debió ese cambio en sus vidas. La mamá le explicó que unos días atrás, la niña, con ayuda de la niñera, les había preparado un desayuno inolvidable. El platillo principal fue melón partido en pequeños corazones; así era como su hija les expresaba cuánto los amaba y quería conocer más sobre ellos. Sus padres por fin habían comprendido que parte de su derecho a descansar era vivir con la personita que más los quería y necesitaba.