El Venado

En su casa, era muy común oír hablar de la cacería. Él, que era un niño bien portado, admiraba a su papá por su gran habilidad para capturar a su presa en el momento oportuno.

Al niño le gustaba acompañar a su papá y a los amigos de su papá a cazar; él era el centinela que se quedaba a vigilar en el punto de reunión para recibir a los cazadores con sus presas, tan sólo debía crecer más para volverse uno de ellos.

Pronto viviría una experiencia increíble que le haría sentir la naturaleza en su corazón y reconocería que en este mundo vivimos tanto los seres humanos como los animales, y que todos tenemos derecho a la vida.

Mientras todos buscaban a la presa idónea, él esperaba sentado alrededor de una fogata; de pronto, escuchó un ruido casi imperceptible a unos cuantos pasos de donde estaba.

Se sorprendió al voltear y verse de frente con un imponente venado. Sus cuernos demostraban que era joven, pero, al mismo tiempo, fuerte y valiente. Ambos se miraron un instante. El niño pudo ver su propio miedo reflejado en los ojos del venado; mientras que el venado, con cautela, miraba a la distancia al extraño que invadía sus tierras.

En ese momento, algo en el niño cambió. Nunca había visto un venado tan cerca y hacerlo era increíble. No podría describir la emoción que sintió palpitar en su corazón; el venado se debía sentir exactamente de la misma manera. En un segundo, todo terminó. El venado vio que el enemigo se acercaba y, el niño, que su papá regresaba con sus amigos; así que el animal desapareció en el bosque.

Las balas comenzaron a dispararse repentinamente. El niño gritó que detuvieran el fuego; sintió el mismo miedo que sentía el venado al ser perseguido con esas armas letales.

Su papá gritaba que el venado se escapaba y en qué dirección se había ido. El niño no permitió que le pasara algo malo a su nuevo amigo; se aproximó lo más que pudo a su papá y se detuvo frente a él. La estatura de su papá no podía compararse con la suya, pero el niño tuvo la firmeza de detenerlo y mirarlo fijamente.

Le dijo que no podía permitir que le disparara al venado, pues era un ser vivo que tenía familia al igual que las personas. El niño creía que así como nosotros tenemos derecho a vivir y a disfrutar de cada instante, también
los animales tienen derecho a vivir libremente sin temor a que una bala acabe con su vida; agregó que no admiraría más sus habilidades en la cacería, pues ya no podía concebir la idea de que algún ser vivo muera de esa manera.

El papá miró en los ojos de su hijo algo completamente distinto a lo que había visto antes. Su hijo sería un hombre bueno en el futuro y defendería sus convicciones, aunque no fueran acordes con las suyas.

Bajó el arma y expresó que nunca más mataría a un venado. En ese momento, el afortunado venado ya estaba muy lejos de aquella pradera, vivo y sano con su familia.

El niño, que alguna vez había creído que la cacería era buena, ahora no sólo respetaba la vida, sino que la apreciaba como el más grande tesoro; sintió el miedo que sienten los venados y cualquier ser vivo cuando alguien atenta contra su vida.