La Muerte

Pienso en la última vez que lo vi y trato de conservar ese momento para siempre. Recuerdo su sabia mirada, su amable sonrisa y sus buenos consejos, así como cada instante que compartimos juntos.

El tiempo pasa muy de prisa y no entiendo muy bien qué es lo que sucede. Desde hace varias horas no sé qué ocurre en el mundo de los adultos, pero siento que la tristeza invade mi corazón.

Ahora que voy en el auto y escucho las campanas, me detengo a pensar en muchas situaciones que todo este tiempo pasaron desapercibidas frente a mis ojos llorosos.

Comienzo a comprender muchas cosas a las que mi abuelo se refería, como el hecho de que todas las personas, sin importar sus condición social, económica o cultural, somos iguales, es decir, somos seres humanos y tenemos los mismos derechos que los demás.

Además, poseemos las mismas capacidades. Tenemos la oportunidad de desarrollar nuestras fortalezas y trabajar sobre nuestras debilidades. También tenemos características similares, una de éstas es que todos somos mortales.

Nuestra vida es un suspiro de emociones en el que valoramos y apreciamos todo lo que tenemos oportunidad de conocer; es la aventura más grande que le sucede a todos los seres vivos y nunca terminamos de aprender de nuestras experiencias, equivocaciones, fallas, logros, aciertos y reconocimientos.

Nos superamos todos los días y tratamos de ser mejores personas, hasta cumplir nuestra misión en este mundo. Sonreímos, gritamos, lloramos y cantamos durante el transcurso de un viaje al que llamamos vida y, al final de éste, sólo recordamos las mejores experiencias; pero, lo más importante es que vivimos para amar, dar y experimentar la hermosa sensación de vivir con intensidad.

Recordaré a mi abuelo por siempre y trataré de llevar sus enseñanzas toda mi vida; quiero que él se sienta orgulloso de mí, pues al final de un largo camino que comenzamos aquel día en la feria, nada volvió a ser igual.

Él me enseñó un mundo diferente al que vemos cada día, donde la discriminación y la desigualdad no existen, donde todos tenemos tanto los mismos derechos como oportunidades.

Desde entonces, comencé a prestar más atención a mis derechos, obligaciones, valores y a toda forma de expresión humana que me ayudara a entender el mundo como una obra de arte, llena de sentimientos y buenas intenciones.

Sólo puedo agradecer la oportunidad de haber tenido un gran abuelo como él, que me enseñó que todas las personas somos iguales ante la ley y merecemos respeto, así como vivir dignamente con seguridad y protección.

Comprendo que no volveré a ver a mi abuelo y me han pedido que me despida de él. Un adulto me dice que la muerte es un fenómeno natural que no podemos impedir y trato de entenderlo.

Mis ojos no paran de llorar. Sólo puedo comprender una cosa: ésta es la despedida más triste y dolorosa que podemos experimentar como seres humanos. Las palabras faltan para describirlo, pero creo que, en momentos como éstos, todos reflexionamos sobre nuestra vida.

Pasa tiempo y no dejo de sentirme muy triste. Mis papás visten de negro y me han pedido que llevara un ramito de flores a un lugar llamado cementerio.

Le he dicho al viento que le diga a mi abuelo que lo quiero mucho y que él vivirá siempre conmigo, con sus enseñanzas y buenos consejos, con sus pensamientos ingeniosos y su hermosa forma de ver la vida como un juego de la lotería mexicana.