El Diablito

Era un alma traviesa, necia y gritona, que no sabía escuchar, pero, la verdad es que tenía un buen corazón, sólo que lo escondía bajo la sombra de una actitud arrogante y, en ocasiones engreída, pues durante toda su infancia, sus padres le habían dado todo.

Siempre se encontraba solo. Sus papás no estuvieron ahí para educarlo bien ni para decirle que el camino adecuado es el de los buenos sentimientos y no el del odio, el rencor y la furia.

—El que se enoja pierde, le decía una voz en su cabeza, y el niño sabía que en esas palabras había mucha razón, pues comenzaba a sentir que perdía y mucho. Sus amigos ya no querían jugar con él en el recreo; la maestra ya no lo toleraba en clase y los que oían hablar de él lo miraban sin remedio.

Otra vez, se había peleado con alguno de sus compañeros y no podía esconder su cara de enojo. Nuevamente mandarían traer a sus papás. Ahora sí lo expulsarían de la escuela, pues las visitas a la dirección sobraban.

Él caminaba por aquel pasillo hacia la dirección. Todo parecía rutinario, hasta que llegó y escuchó una voz que venía desde adentro, hablaba claro y fuerte —Debemos impedir que este niño siga haciendo uso de la violencia en contra de sus compañeros. Si no recapacita en este momento, después será muy tarde.

Sabía que estaban hablando de él; se sentía incómodo escuchando su difícil situación. La voz en su cabeza decía: —¿Qué me pasa? ¿Qué estoy haciendo?, pero, al parecer, siempre hacía lo mismo.

Cuando menos lo pensó, la puerta se abrió y él tenía que entrar. La directora, que lo conocía muy bien, le presentó a una psicóloga y le dijo: —Tienes una oportunidad más para ser un niño bueno y obediente, así que te dejaré con ella.

Si bien el enojo de la última pelea del niño había bajado, una actitud defensiva se presentaba en la dirección, pues el pequeño tenía poca disposición para ser tratado por una psicóloga. Tras un momento de silencio en la habitación, ella sacó dos piezas de porcelana de una bolsa oscura: la primera, era un angelito y, la segunda, un diablito.

El niño parecía dispuesto a preguntar algo, pues las piezas le llamaban la atención, pero no dijo nada; la psicóloga aprovechó el silencio y le explicó —Sé que conoces estas dos representaciones del bien y del mal. Si te preguntara con cuál te identificas, entendería tu respuesta, pero no tus razones. Así que me gustaría escuchar por qué eres un diablito y qué te motiva a hacer uso inadecuado de la violencia contra las personas que te rodean.

El niño miraba ambas piezas sobre el escritorio; sabía que ella tenía razón, siempre había sido un diablito y sólo él conocía sus motivaciones. La psicóloga no lo regañaba ni le hablaba fuerte intentando corregirlo; al contrario, esperaba en silencio una respuesta concreta.

Nunca le había sucedido algo así. De pronto, del enojo pasaba a la inseguridad. Veía sus manos, puños cerrados que antes no habían estado, y ni él mismo entendía ese comportamiento.

La psicóloga, quien lo miraba con naturalidad sin hacer ningún juicio, le pidió que tomara la pieza con la que se identificaba. Entonces, la temblorosa mano del niño tomó el diablito; una vez que lo tuvo en sus manos, la psicóloga le pidió que lo mirara detalladamente.

Si él no quería representarse con esa imagen, debía dejarla caer al piso. El niño dejó que la pieza resbalara de sus manos, y en un instante, ésta se destruyó. La psicóloga le dijo: —Ahora sé que no te quieres identificar con esa imagen. Juntos trabajaremos para que conduzcas tu energía negativa hacia cosas positivas, —el niño aceptó.

Entonces, la psicóloga concluyó diciendo: —No eres un diablito, sino un niño que necesita apoyo y comprensión, sólo debes definir quién quieres ser. El mal y el bien no tienen forma mas que la que tú has creado en tu cabeza.